Que no sea por nuestra (ingenua) ignorancia

Lo que no se conoce no existe

Hace ya mas de 37 años que en la Declaración Universal de los Derechos de los Animales se decía: “Si es necesaria la muerte de un animal, ésta debe ser instantánea, indolora y no generadora de angustia

Ningún animal será sometido a malos tratos ni actos de crueldad ..

Se sabe, pero no se conoce. Se prefiere ignorar que el trato brutal y degradante con fin de muerte, o no, sobre cualquier animal debe de terminar. No es licito; no es justo; no es ético que sobre cualquier ser vulnerable, indefenso y débil pueda ejercerse violencia teñida de la arrogancia de creernos los administradores de su vida, los gestores de sus sentimientos, a los que se les pone valor y tasa. No es posible seguir manteniendo ningún tipo de juego de poder sobre estos seres que no decidieron ni aceptaron tan desigual relación; un juego mediante el cual se le mortifica, acosa, produce dolor y angustia; un juego, parapetado en el pretexto de que es una diversión, una fiesta, una tradición o una composición estética de la figura (caso del torero) indudablemente asociada a un singular concepto de la belleza.

En España, todos los años las “fiestas populares” –algo así como una mezcla de casticismo, tradición chanza y diversión- utilizan entre 60.000 y 80.000 animales sobre los que se despliega toda una suerte de “ingeniosas actividades”. Son inmovilizados –ensogados- asaeteados, lanceados, perseguidos, colgados, incendiados –según la tradición de colocar bolas de brea en los cuernos de los toros-…

¡Qué no cunda el pánico! Corramos a escondernos detrás de nuestros prejuicios, amparados en nuestras ignorancias. Los vulnerables –animales o personas- ni sienten, ni piensan, ni se estresan ni mueren (mueren de la única vida que tienen). Tendría gracia si no fuera tan trágico que se legisle sobre cómo y dónde debe de cometerse estos actos, que se “dictamine moda ” sobre qué ponerse para asistir –presenciar- a la masacre; que se haga circular la tinta en las rotativas para dar cuenta sobre si el “sujeto” pasivo estuvo en el papel esperado o por el contrario: trató de huir (¡que decepción!)