Tauromaquia: ¿es cultura?

Cada cierto tiempo algunas formaciones políticas vuelven a traer al escenario publico la cuestión de los toros y, para justificar esta cruel actividad, se alude a la naturaleza cultural del “espectáculo”. Trazar un nexo entre la lidia de toros y la cultura no es ingenuo ni gratuito. Se hace buscando la rentabilidad social y económica. Su mecanismo de acción es eficaz y sencillo. La cultura es un bien social, es buena y apreciable produce valor y reconocimiento, y así, dando por sentado que, si la cultura es buena y apreciable como valor social, también lo serían cualquiera de los elementos-objetos culturales que la conforman, entre ellos la la muerte lidiada de toros.

Este mecanismo ha sido utilizado con bastante frecuencia para justificar lo injustificable, y así se ha tildado de “santas cruzadas” o “yihads” a lo que no eran más que guerras, matanzas y genocidios cuyos objetivos convenía más bien mantener ocultos.

Un bien cultural ampliamente reconocido es el teatro (theatrón, es el espacio o el sitio para la contemplación). Tratemos de imaginar (trasponer) la lidia de toros como si de una representación teatral (a veces así lo hacen los taurómacos) se tratara. Eso sí, eliminando los eufemismos, interpuestos como trampantojo que evitan ver y reconocer lo que realmente ocurre.

Estructuralmente el teatro necesita de unos actores, de un público, de un escenario y de un texto (no siempre escrito). Aquí los tenemos. Tenemos una gran platea de forma circular llamada coso. Para el término coso nos vale cualquiera de las dos acepciones que normalmente se le atribuyen: puede ser utilizado como decurso o como carrera. Tenemos los espectadores, debidamente parapetados debido a la naturaleza violenta de lo que allí habrá de ocurrir. A fin de cuentas, en algún momento aparecerá la muerte; y esa, es conveniente mantenerla alejada. Y, tenemos a los actores. Un actor voluntario y otro accidental, involuntario, extraído de un entorno radicalmente distinto (un herbívoro de naturaleza grupal). El actor principal se verá auxiliado por otros secundarios. Los acólitos participaran en la representación según vaya requiriéndolo el actor principal. El mucho o poco papel que hagan depende del actor principal que es quien en todo caso se llevará los laureles al final de la representación. Para las tareas de más riesgo los acompañantes podrán servirse de otros elementos (caballos de brega). El principal actor denominado “matador” (es recomendable pasar despacio la vista sobre esta palabra… ma-ta-dor) oficiará su representación dividida en tres partes (tercios). En cada una de ellas la taetralizacion exigirá que se vaya incrementando el grado de sufrimiento infringido al “otro actor”.

El otro actor (si se quiere también principal) es simplemente un sujeto que contesta a los requerimientos del actor principal, de manera que, será buen actor si las respuestas dadas se ajustan a lo esperado (bravura).

El decurso de la representación, que es patroneado normativamente por leyes y tratados de la tauromaquia, ocurre en unos pocos minutos de duración (en la lidia de a pie, el primer aviso se realiza a los diez minutos de comenzar la faena de muleta, el segundo, tres minutos después y el tercero y último a los dos minutos. En total es un tiempo permitido de 15 minutos).

Básicamente la tarea del actor principal (el matador) consiste en la habilidad de presentar engaños con los que burlar las respuestas del otro actor que recuérdese es un animal herbívoro con visión binocular particularmente reducida (el campo de visión binocular, en horizontal, es de 20 grados, y en vertical hacía el suelo es de 60 grados).

En la interpretación ambos pueden recorrer el escenario (albero) o desarrollar toda la acción en un lugar determinado (segmento del anillo denominado tendido).

La representación concluye (según lo esperable) cuando después de la lidia cruenta, lesiva, un actor, el toro, una vez burlados todos sus intentos de respuesta y exánime muere, asegurándose el actor principal que tal contingencia se produce mediante el apuntillamiento y el descabello ¡para que entrar en más!

Con el descabello, como refieren G. Limón, J Guitan y NG Gregory, lo que se trata de conseguir es seccionar la médula y a veces, parte del tronco encefálico, pero lo que se consigue efectivamente es obtener la tetraplejia del actor.

Este acto final de la representación “teatral” merece un aparte aclaratorio. Todos los toros lidiados son apuntillados, pero no todos son “convenientemente” descabellados. “Deberíamos (dicen los veterinarios de AVATMA) suponer que la lesión de este importante centro nervioso, el bulbo (que se ocupa entre otras funciones de regular el latido cardiaco y la respiración), supondría la muerte prácticamente instantánea del animal, pero siempre hemos tenido dudas, sobre la eficacia de la medida.

En muchas ocasiones el toro tetrapléjico es arrastrado fuera del escenario dejando un reguero sanguinolento tras de sí, lo que da lugar al veredicto del público que juzgara el resultado de la representación.

El éxito garantiza al actor principal un trofeo: (los apéndices auriculares o el rabo del toro) el clamor aprobatorio del público.

La representación no ha acabado. El acto puede repetirse la obra otras cinco veces sin que el espectador tenga que moverse. Otras cinco muertes más en las que se mezclarán con el miedo de los actores el olor a cigarro puro, los oles, las mantillas o el del sudor de una tarde de sol.

¿Este teatro es cultura? ¿Esta cultura es nuestra cultura?

Usted producirá la respuesta, pero, le animo a contrapesar este teatro con el de Calderón o Jardiel Poncela, con la música de Falla o la poesía de Machado o Lorca.

Para terminar, en mi opinión, la lidia y muerte de toros no puede ser considerada cultura porque la cultura se refiere al progreso del individuo, porque trata de desarrollar todas sus potencialidades gracias a la aplicación de su inteligencia, talentos y mentalidades de un grupo humano.

Si como resultado de ese relato usted pudiera aceptar que cultura no es, pero si una tradición, en este caso sería una tradición que necesita ser superada en las sociedades actuales que son más reconocibles por su humanitarismo, su empatía y su capacidad compasiva.

No se utilice la cultura y lo culto para tratar los ocultos fines de la lidia.